Sordera Espiritual
“pero nos enredamos en intenciones desordenadas y métodos ilícitos. Esta guerra intestina genera un “ruido” ensordecedor en el alma.”
La Acedia de una Generación Obstinada En la perícopa evangélica de San Lucas 7, 31-35, Nuestro Señor Jesucristo emite un diagnóstico teológico y antropológico de suma gravedad. Compara a los hombres de su tiempo con niños sentados en la plaza que se gritan unos a otros: "Les tocamos la flauta, y no bailaron; les entonamos cantos fúnebres, y no lloraron". Esta imagen ilustra una apatía espiritual profunda—lo que la tradición monástica del desierto denominó acedia—una obstinación del intelecto y de la voluntad que nos vuelve insensibles tanto al llamado del gozo (la Gracia) como al llamado al arrepentimiento (la penitencia). Es menester preguntarnos, con rigor escolástico: ¿qué traumas o heridas ontológicas han causado que cerremos nuestros oídos a la voz de Dios?
¿Para qué fuimos creados? Para comprender nuestra sordera actual, debemos primero recuperar la comprensión de nuestra teleología, es decir, el fin último para el cual fuimos creados. El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), en su artículo fundamental, declara inexorablemente: "Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad, ha creado libremente al hombre para hacerle partícipe de su vida bienaventurada" (CCC 1).
Nuestra naturaleza ontológica está orientada hacia la visión beatífica. Sin embargo, las heridas del pecado original—que el Venerable Beda y Santo Tomás de Aquino clasifican como ignorancia en el intelecto, malicia en la voluntad, debilidad en el apetito irascible y concupiscencia en el apetito concupiscible (Summa Theologiae, I-II, q. 85, a. 3)—operan como traumas espirituales. Estos traumas distorsionan nuestra percepción y nos desvían de nuestra causa final. ¿Acaso estamos actuando en conformidad con aquel fin supremo para el cual fuimos concebidos? A menudo, la respuesta es negativa, no por una aversión directa al bien, sino por una trágica confusión en nuestras facultades apetitivas.
Para esclarecer esta desviación, debemos recurrir a la síntesis magistral del Doctor Angélico. Santo Tomás de Aquino, basándose en la metafísica clásica, postula que todo agente obra por un fin, y ese fin siempre es aprehendido bajo la razón de bien (sub specie boni). Ningún ser humano elige el mal considerándolo absoluta y puramente como mal; lo elige porque su intelecto oscurecido se lo presenta como un bien aparente (bonum apparens), buscando desesperadamente la felicidad o el bienestar (Summa Theologiae, I-II, q. 8, a. 1).
Consideremos el paradigma propuesto: Un padre de familia alberga el deseo natural de proveer a los suyos para que nada les falte. Este deseo, en su raíz, es intrínsecamente puro y ordenado; participa del amor natural providente. No obstante, bajo la presión de las circunstancias o el desorden de las pasiones, la voluntad formula la intención de defraudar a un cliente para obtener lucro. La moralidad de un acto humano, como enseña la doctrina de la Iglesia, depende del objeto elegido, del fin que se busca (la intención) y de las circunstancias (CCC 1750). Aunque el deseo original (el fin remoto) era noble, el objeto de la acción (el fraude) es intrínsecamente malo. El método corrompe el acto en su totalidad. Es en esta disonancia donde la voz de Dios comienza a silenciarse frente al estruendo de nuestras propias justificaciones.
El Estagirita, Aristóteles, en el Libro VII de su Ética a Nicómaco, profundiza en este abismo antropológico a través de la figura de la akrasia o incontinencia. El hombre incontinente posee buenos deseos y su intelecto reconoce el principio moral universal (sabe lo que es correcto). Sin embargo, en el instante particular de la ejecución del acto, se deja subyugar por las pasiones irascibles o concupiscibles (la ira, el miedo paralizante, el placer sensitivo, el egoísmo narcisista).
En el léxico de la teología moral católica, esta incontinencia es el fruto amargo de la concupiscencia, el "fomes peccati" que permanece incluso después del bautismo, como definió el Concilio de Trento. Tenemos dentro de nosotros impulsos hacia el bien objetivo, pero nos enredamos en intenciones desordenadas y métodos ilícitos. Esta guerra intestina genera un "ruido" ensordecedor en el alma. Es este mismo ruido el que bloquea la Gracia Actual (aquellas intervenciones divinas transitorias que iluminan el intelecto y mueven la voluntad hacia el bien) y nos impide cooperar con la Gracia Santificante (el don inherente que nos hace justos y amigos de Dios).
El Silencio Necesario para Danzar Regresando al Evangelio de San Lucas, comprendemos ahora el misterio de los niños en la plaza. La música divina suena—ya sea la flauta del consuelo o el canto fúnebre de la contrición—pero nuestras pasiones desordenadas, nuestras intenciones torcidas formadas sub specie boni, y la incontinencia de nuestra voluntad han creado una sordera espiritual. No bailamos ante la Verdad ni lloramos ante el pecado porque estamos demasiado ocupados escuchando la cacofonía de nuestras propias justificaciones.
Fieles en Cristo, la rectificación de nuestras intenciones no es una mera tarea psicológica, sino un imperativo ontológico y sacramental. Si deseamos volver a escuchar la sinfonía de la salvación y recuperar la libertad para la cual fuimos creados, debemos actuar con resolución:
Purificación de la Intención (Examen de Conciencia riguroso): Esta misma noche, somete a un escrutinio severo tus "buenos deseos". Pregúntate: ¿Los medios que utilizo para proteger a mi familia, para alcanzar el éxito, o para buscar consuelo, están en conformidad con la Ley Divina? No te conformes con un fin aparente; exige la bondad en el método.
Recurso a la Gracia Sacramental: La voluntad herida por la incontinencia no se sana por mero esfuerzo humano (pelagianismo), sino mediante la Gracia Sacramental. Acude al Sacramento de la Penitencia (Confesión). Es allí donde el ruido de tus racionalizaciones es silenciado por la absolución del sacerdote, restaurando la Gracia Santificante en tu alma.
Restaurar el Silencio Interior: Apaga las distracciones seculares durante quince minutos diarios. En ese silencio, adora a Dios simplemente porque Él es el Fin Último.
Solo cuando apaguemos el estruendo de nuestras propias intenciones desordenadas, nuestros oídos se abrirán nuevamente. Entonces, cuando el Señor toque la flauta, nuestra alma, en estado de gracia, sabrá cómo danzar.
